Barcelona, 2 de Octubre de 2017. La gente celebraba el resultado de un referendum no exento de polémica, cuando algo truncó la vida de medio mundo. Hordas de zetas, cuyo origen se desconoce por conveniencia del guión, atacaron en plena celebración. Aquel día marcó un antes y un después en la historia, pero no se imaginaron que iba a ser de esa forma.
Una historia con más acción que una película de los noventa, que te llevará, junto a los supervivientes, en un tour turístico por los restos de Barcelona. Descubre cómo los humanos podemos ser peor que los animales. Aprende a que nada es verdad, que todo está permitido.
Una historia vertiginosa que bebe de muchas influencias, más que un divorciado el fin de semana. Mezcla de humor negro, frikismo, palabrotas como si fueran gratis, y conspiranoias, conspiranoias everywhere. Y si no te gusta, siempre puedes jugar a abrirlo por alguna página, y beber un chupito cada vez que leas una palabrota.
Lee el primer capítulo
"Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de ti."
Friedrich Nietzsche,
Más allá del bien y del mal
Pensándolo ahora en frío, ¿Recordáis cuando decíamos que la prensa era de un lado político o de otro?. Qué hijos de puta, estaban todos en el mismo bote. De hecho, detrás de bambalinas no existían tales lados políticos, todos eran títeres. Nos ocultaron la verdad, a todos. "Droga zombi" lo llamaron... Qué hijos de puta, de verdad, espero que hayan muerto todos los implicados.
Nos lo ocultaron delante de nuestros ojos. Todavía recuerdo esa sensación de escuchar la noticia por primera vez; pensé: «¡Buah! ¡Ya está aquí!». -Je-, iluso de mí.
Por aquel entonces me gustaba la idea de que los zetas tomaran la tierra y ser un superviviente como en los juegos que tanto me gustaban. Pero era sólo la sensación producida desde la seguridad del hogar y de que era sólo una droga que volvía locas a las personas, como si tuvieran la rabia... Qué tonto suena ahora, ¿Eh?, como querer aterrizar en el sol de noche para no quemarse. Pero nos la metieron doblada.
Siento si mi lenguaje no es fino como el de los libros que leía antes de que comenzara todo, pero después de haber hecho cosas como las que he hecho, uno pierde parte de sus modales... Y hasta de su humanidad. A veces creo que lo único que nos diferencia de los putos zetas es que podemos llevar armas.
Tal vez os preguntaréis por qué les llamo zetas y no "zombis", o "caminantes" que estaba tan de moda. Al principio sí lo hacía. Era lo que habíamos escuchado en pelis y series, pero supongo que se me acabó pegando de la jerga policial y de los militares que intentaron controlar la situación. También es porque suena más importante, para qué engañaros. Y hablando de militares... Bueno, supongo que mejor tendré que empezar por el principio, aunque sea una redundancia.
Antes de empezar, quiero deciros que soy un conspiranoico confeso, siempre me han gustado esas mierdas de las élites, los reptilianos y todo eso. Era un pasatiempo. Una mezcla entre pensar que la gente está loca y un «¿Y si es verdad?». Aunque supongo que ya os habréis dado cuenta cuando he dicho que me hacía hasta ilusión que empezara todo esto.
Recuerdo que lo escuché en unos cuantos canales de YouTube: Primeros casos en Gauteng en Sudáfrica en 2008, después Rusia en 2010, luego fue super sonado el del zeta de Miami en 2012, Puerto Vallarda en Méjico en 2013, Ibiza en 2015, Castellón en 2016... Creo que fueron pruebas controladas, los mismos síntomas en todos los casos, pero la prensa le puso distintos nombres. Ahora creo que era para que no supiéramos la puta verdad y que no los interconectáramos.
Pero sigamos.
Todo comenzó la mañana del Lunes, dos de Octubre de 2017. Sí, con toda la resaca del famoso y polémico referéndum de Cataluña; ilegal para unos, legítimo para otros. Ahí estaba yo, en nuestra casa de Meridiana, arreglándome para ir a trabajar.
Me acuerdo de que mientras me afeitaba, por la ventana del balcón se escuchaban los coches pitando porque había salido el "Sí" a la creación de una república independiente. La situación era muy tensa. Después de las cargas policiales y los cientos de heridos, según fuentes del gobierno catalán, la gente estaba muy cabreada. Pensaba en dónde acabaría todo aquello y si tendríamos que volver a Alicante. Pfff, iluso de mí.
Se habían convocado esa mañana manifestaciones por toda Cataluña para la celebración, además de la huelga general para protestar por los dieciséis mil policías que se habían reunido en Cataluña en su crucero con los dibujitos de Piolín y del Correcaminos. Ahora lo pienso y me parece incluso un chiste más macabro.
Terminamos de arreglarnos y le puse de comer a mi perro: Un Alaskan Malamute de ocho años y cuarenta kilos -Para los que no conozcáis la raza, es como un Huskie pero con ciclos sanos-. Salimos de casa y bajamos a la calle, en nuestro viejo y verde ascensor sin memoria, en dirección a la estación de Fabra i Puig. Entonces no sabíamos la coña que tuvimos de que ese día en concreto, mi novia tuviera un curso en el centro. Ella normalmente trabajaba en Badalona.
Cogimos juntos el metro. Ella paró en Urquinaona y nos despedimos con un beso: El curso se impartía detrás de Plaza Cataluña. Un par de paradas más tarde me bajé, como cada día, en la de Universidad porque trabajaba en una oficina a un par de calles de allí. Ahora me da frío pensar en la cantidad de gente que había en el metro en ese momento. Casi no cabíamos. Íbamos como sardinas en lata. Había muchísima gente con la estelada a la espalda, las camisetas del "Sí", o la de la selección catalana de fútbol.
A pesar de todo lo mencionado, el ambiente a pie de calle estaba tranquilo como siempre. Éramos pequeñas hormiguitas medio dormidas camino al trabajo un Lunes. La única excepción era que había bastante policía en las estaciones de metro y una enorme cantidad de gente reunida en la plaza de la universidad; debía haber algún meeting o alguna cosa de esas, porque había un par de lecheras1 aparcadas junto a la acera y la guardia urbana estaba controlando el tráfico.
Llegué a la plaza Letamendi, saludé al portero y subí al trabajo con algo de prisa. «Cada minuto por la mañana antes de fichar, cuenta», solía decir. Transcurrió media mañana como siempre: Llegué al trabajo, me hice un café, comentamos por encima el resultado de la votación y las posibles consecuencias, y después de un largo rato trabajando, de pronto, escuchamos sorprendidos la preocupación en la voz de un compañero:
—!Ostias¡ Hay movida en Olot. No se sabe qué está pasando, pero parece que hay heridos.
—¿Qué? —Nuestro jefe levantó la mirada de su ordenador cuando se escuchó a otro compañero:
—Sí sí, en las Ramblas también.
Todos en la oficina nos quedamos callados en unos tensos minutos mientras buscábamos y esperábamos más noticias en Internet.
—¡Dicen, que la gente ha empezado a correr!
—¡No me jodas!, ¿Otro atentado? —pregunté.
Estaba nervioso pensando en que me libré de uno mientras estaba de vacaciones en Alicante, y ahora tenía la mala suerte de haber caído en otro.
—No sé, en la radio no dicen nada concreto...
Se escuchaban de fondo las sirenas de los servicios de emergencias y, mientras le escribía a Rocío que ni se le ocurriera salir porque había problemas y heridos en las Ramblas, escuchamos en la lejanía muchos ruidos. Parecían petardos, con alta cadencia, arrítmicos. De golpe levanté la cabeza del móvil con el corazón acelerado... En ese momento supe qué eran exactamente. Ya los había escuchado por desgracia otras veces, en mi tierra, en el atraco a la oficina central de Correos y en el robo a una joyería en pleno centro un sábado por la tarde. Eso eran disparos... y a discreción.
—¡Joder!, ¡Dicen en la radio que la policía y los mossos están disparando contra la gente!
El jefe le interrumpió.
—¿Cómo van a estar disparando contra la gente? ¡Será un atentado y estarán disparando a los terroristas!
«No no no no no», pensé para mí, y empecé a respirar fuerte y entrecortado.
—Que sí, que sí, que dicen que hasta hay cruce de disparos entre policía y mossos; que hay muertos de todo tipo.
«¿Es un golpe de estado?, ¿Un ataque del gobierno para poner los cojones encima de la mesa? No no, qué tontería». Miré a mi compañero Javi con los ojos como platos.
—¿Dónde está Jenny?
—Trabajando. Le estoy escribiendo y me ha dicho que allí todo está normal. Le he dicho que vaya a casa corriendo, ¿Y Rocío?
—Detrás de Plaza Cataluña... Paralela a las Ramblas... —le contesté con la voz algo quebrada.
Mi mente estaba aturdida, no sabía qué hacer. Muchos compañeros estaban levantados mirando por el ventanal o pululando por la oficina pasándose las manos por la cara o el pelo, otros seguían en su sitio mirando la pantalla. Supuse que estarían mirando las noticias.
Le escribí, temblando, un mensaje a Rocío resumiendo la situación:
“Están disparando contra la gente, no salgas, y aléjate de las ventanas. Todo va a salir bien”
Esa última frase no recuerdo bien si era para ella, o la escribí para mí.
“Cari, tengo mucho miedo.”
“Lo sé, pero tranquila, hay que tener la cabeza fría.”
Estaba cagado, pero tiene que parecer que tienes el control para poder intentar calmar a alguien, aunque lo que entendí después es que el miedo no era por mi seguridad, si no por la de ella.
Saltó, de improvisto, otra noticia más de boca de un compañero:
—¡Ostia!, ¡El Palau de la Generalitat se ha convertido en un campo de batalla, la gente se están atacando unos a otros!, ¡Dicen que a puñetazos y mordiscos!, ¡La policía está haciendo fuego a discreción! —el mismo compañero que radiaba las noticias se agachó a recoger la bandera estelada que se le había caído del respaldo de la silla.
Alguien se unió al carrusel de noticias gritando:
—¿Tanques?, ¿Esos que están pasando son tanques?
—¡Oh dios mío!, ¿Qué está pasando?
Me acerqué rápido a la ventana con otros compañeros y, bueno, no eran tanques exactamente, eran tanquetas militares de la Guardia Civil. Pero no unas anti disturbios, no, unas putas tanquetas con su puta ametralladora encima. «¿De dónde coño han salido esas tanquetas?, ¿Cómo han llegado tan rápido?». Entre tanto caos, mi parte conspiranoica me estaba diciendo algo, pero el miedo abarcaba gran parte de mí.
Un grito de sorpresa me sacó de mis pensamientos.
—¡Joder!, ¡Joder!
El compañero que nos hacía de radio se quitó los cascos como si le quemaran en los oídos:
—¡Creo que acaban de matar a la reportera!
Todos nos giramos.
—¿Cómo que la han matado?
Con la cara algo pálida y la voz algo temblorosa contestó:
—Nnn... No sé, se ha puesto a chillar como loca diciendo que la estaban mordiendo... y... nada, un par de segundos después, se ha oído como gruñidos y gritos, y luego como si se estuviera atragantando... Me ha dado mucho asco.
Esa fue la primera vez en la que me vino a la mente la palabra "zombis". A ver, en ese momento sólo eran parte de las películas y de los libros. Ahora con toda la información es muy fácil decir que era obvio y que las señales estaban bastante claras. Pero os recuerdo que todavía no existía el protocolo trescientos sesenta y uno, ni ninguna mierda parecida. Aún así, doy gracias a que me molaba todo ese rollo, que fue lo que nos salvó la vida en aquel momento.
Pensad en cómo os sentiríais si un día, sentados en el metro, en la cola de algo, o yo que sé, os parece que a alguien de vuestro lado le han parpadeado los ojos como a un lagarto, pero cuando os fijáis vuelve a pestañear normal; seguramente pensaríais que lo habéis visto mal, que ha sido un efecto óptico y no pensaríais que es un reptiliano con un traje de piel de ser humano al que todavía se está adaptando. Pues algo así me sentí yo en ese momento, confundido, pensando en algo que era imposible. Aunque la prueba definitiva estaba a puntito de llegar.
Nos giramos al escuchar, de pronto, un canal de noticias desde el portátil de un compañero, que puso sobre una mesa para que todos lo pudiéramos ver. Decían que las autoridades habían declarado el estado de emergencia, aunque no decían el por qué, y mandaban que nos quedáramos en nuestras casas o trabajos y que no saliéramos a la calle.
La reportera en las Ramblas hablaba de caos en la calle, de la policía sobrepasada, de disparos, de muertos, de gente sangrando... Cuando, de pronto, al fondo de la imagen empezó a verse: Un montón de gente ensangrentada corriendo y saltando encima de otra gente, y cómo también un par de policías disparaba a los corredores y aún así se les echaban encima.
La reportera al escuchar los gritos más claramente se giró y, al ver aquel espectáculo dantesco, echó a correr junto con el cámara. La grabación siguió, aunque obviamente muy movida y a la altura de la cadera, ya que el cámara corría cogiéndola del asa con el objetivo apuntando hacia su espalda.
Se podía ver detrás de ellos cómo se repetía la escena de la gente embistiendo a otra gente y mordiéndoles en el suelo. Mientras corrían, se escuchó por el micrófono, que todavía seguía encendido, algo como:
—¡Dios!, ¡¿Qué está pasando?!, ¡Son como zombis!
Algunos gritos ahogados se escucharon por detrás mía. En ese momento me pudo mi lado conspiranoico, así que aprovechando el momento de shock de la gente me dirigí a la cocina.
No había nadie allí, «Perfecto». Para evitar que me viera nadie, medio corriendo, cogí unas cuantas servilletas del rollo de cocina y me las guardé. Luego cogí unas cuantas más y abrí el cajón de los cubiertos. Allí seguía el cuchillo para deshuesar que usábamos en todas las celebraciones para cortar las tartas, los bizcochos... Bueno, supongo que para él también cambió su vida. Lo envolví con las servilletas, me lo guardé en el bolsillo delantero del pantalón y puse mi polo por encima para ocultarlo. Cogí un pequeño puñado de cucharitas para café de madera, sobres de azúcar, varias botellas pequeñas de agua y salí camino a mi sitio a coger mi mochila.
Javi se acercó mientras estaba sentado guardando las cosas, y me vió guardando el cuchillo que había ya desenvuelto para tenerlo más a mano.
—¿Qué haces?
Levanté la cabeza sorprendido porque no lo escuché llegar, pero en seguida me puse serio.
—Voy a por Rocío.
—¿Pero has visto la que hay liada ahí fuera?, ¿Estás loco?, ni se te ocurra salir.
—Tío, creo que ya sabes qué cojones está pasando —En cuanto salió de mi boca, la frase me pareció ridícula, pero seguí—. Rocío está en un puto hotel que tiene un ventanal gigante que da a la calle, y está demasiado cerca de toda esa mierda. No me voy a quedar aquí. No te voy a decir qué tienes que hacer, porque no tengo ni puta idea de lo que hay que hacer, pero yo me voy.
Me miró con cara de sorpresa y preocupación, dudó unos segundos y cambió su expresión.
—Te entiendo —Me puso la mano en el hombro—. Buena suerte...
Su cara ya sólo reflejaba pena.
—Para ti también.
Me levanté, le tendí la mano, y cuando me la dio le di un abrazo y le dije:
—No me jodáis, y sobrevivid —Y comencé a caminar hacia la puerta de salida que estaba más alejada de la gente.
Cerré la puerta tras de mí al salir al rellano y llamé al ascensor. Mientras subía, le mandé un mensaje a mi novia:
“Cariño, sal YA de ahí. Hacia tu izquierda, corre todo recto hacia arriba, por la parte trasera del Corte Inglés, cruza la Gran Vía y llega hasta Aragón, allí nos vemos, te estaré esperando. PERO SAL YA”
El ascensor llegó a la séptima planta, abrí la puerta, entré rápido y pulsé nervioso varias veces el botón de la planta baja. Mientras se cerraban las puertas, mi mente empezó a echar humo: «Esto es un suicidio. Deberías quedarte con los demás. Te has montado una paranoia. Estás flipado». Mi parte racional intentaba frenarme, supongo que era normal.
De pronto la puerta se abrió para mi sorpresa. Era Javi.
—Yo también me voy. He visto que la plaza está despejada, iré por la parte de arriba hasta casa, por Ronda de Guinardó, allí todavía será seguro. Yo te recomiendo que vayáis por allí.
A cada planta que bajaba crecía mi miedo, y también supongo que era porque empezaba a notar que ya no estaba seguro tras la puerta cerrada de la oficina. «Pero, ¿Y si es verdad que son zombis?, ahora es el mejor momento para huir. Luego estará lleno y no se podrá salir».
—Joder tío, zombis... —Se me escapó pensando en voz alta.
Javi me miró preocupado un segundo, y volvió a bajar la vista. Estábamos los dos callados y pensativos, con una expresión nerviosa. Supongo que estábamos intentando mentalizarnos de lo que nos íbamos a encontrar en la calle. Algo así como tomar una gran bocanada de aire justo antes de volver a sumergirte en el agua del mar para fondear. Por fin se paró, y se abrieron las puertas.
Salimos del ascensor al trote, como queriendo correr, pero sin una intención real. El portero levantó la vista, y mientras pasábamos rápidamente por delante de él le avisé:
—Paco, coge la moto y vete de aquí ya, ésto se va a poner muy feo, ¡Cuídate!
Le escuché llamarme antes de salir por la puerta, pero no tenía tiempo. Fuera, con prisas, nos volvimos a despedir Javi y yo deseándonos buena suerte, y nos separamos. «Ojalá lo consiga...», pensé.
Comencé a correr al trote hacia la esquina de la plaza que se une a Aragón, sentía el corazón como si quisiera salirse del pecho. Veía gente metida en los locales y bares mirando hacia afuera, gente en los balcones con los teléfonos. «¡El teléfono!, ¿Y si no ha leído el mensaje? Tengo que llamarla». Durante lo que a mí me pareció una eternidad sonó la llamada. «Rápido, cógelo, en unos minutos se colapsarán las líneas y no podremos comunicarnos». Otro tono. Llegué a la esquina. Otro tono. Iba medio corriendo y sorteando gente aturdida que no sabía bien que estaba pasando, aunque no parecían especialmente asustados y eso era bueno, quería decir que no habían llegado allí todavía.
Otro tono, y la llamada se cortó. Mi corazón se paró, reduje la marcha un segundo para volver a llamar, quedaban un par de calles y no me había contestado ni me había cogido el teléfono. «Le ha pasado algo, está en problemas».
Dejad que os cuente otro pequeño secreto para que me conozcáis un poquito más: Soy hipocondríaco con las personas que me importan. Yo puedo tener un brazo medio seccionado y una pierna gangrenada que no le doy mayor importancia, pero como alguna persona que me preocupe se haga un cortecito con el filo de un folio, quiero llevarla a urgencias.
Llegué a la esquina de Paseo de Gracia, y paré. La avenida estaba casi desierta. No había ningún coche y sólo vi unos cuantos turistas nerviosos que no sabían bien bien lo que estaba pasando. Es una experiencia algo sobrecogedora cuando ves una calle así vacía. Normalmente estaba abarrotada de turistas y gente en su día a día. Me quedé embobado viendo cómo pasaban delante de mí dos tanquetas más de la Guardia Civil en dirección Plaza de Cataluña. Otro tono. Tan pronto pasaron, crucé los seis carriles corriendo. Otro tono.
Al llegar a la otra acera, me paré y giré la cabeza para contemplar la hermosa Casa Batlló una última vez, como quien se despide de su ciudad para irse a vivir fuera. Me percaté que, como de fondo y desde hacía rato, se escuchaba el sonido de unas hélices. Un helicóptero sobrevolaba el espacio aéreo un poco más allá de Plaza Cataluña. Parecía que era verde, pero no estaba seguro... Una voz me sacó de mi ensimismamiento:
—¡¿Cari?!, ¿Dónde estás?, he visto tu mensaje y estoy corriendo, no había oído tu llamada, ¡¿Qué está pasando?!, estoy muy asustada.
Di gracias a Dios porque había leído el mensaje, ahora mismo, seguramente, el hotel sería una carnicería.
—Tranquila cariño, estoy a una calle de donde hemos quedado, ¿Dónde estás tú?
—No sé, estoy pasando una avenida grande.
—Vale, esa es la Gran Vía, te quedan un par de calles, ¿Hay problemas por ahí?
—No, hay gente corriendo, pero no veo nada más raro.
«Perfecto, tenemos algo de ventaja».
Un tono intermitente se escuchó por el teléfono, lo aparté un segundo de mi oreja para ver qué era: Una llamada de mi madre.
—Te dejo que me está llamando mi madre, te veo en una calle.
—Vale, pero date prisa.
Descolgué la otra llamada.
—¡Mamá!, ahora mismo me pillas liado, no puedo hablar. —En cierto modo era verdad.
—¡Ay nene!, Estoy viendo las noticias de lo que está pasando en Barcelona, ¿Estás bien?, ¿Estás en el trabajo?
—¡Mamá! que no puedo hablar. Que estoy bien. Rocío está ya aquí y nos vamos a casa, te aviso cuando esté allí. ¡Os quiero!
Eso último creo que me salió por si era una despedida y corté la llamada para evitar más conversación.
Llegué a la esquina donde había quedado con mi novia. La busqué desesperado con la mirada pero no la encontré. Con los nervios a flor de piel, dudé un par de segundos qué hacer, pero finalmente decidí echar a correr en dirección hacia abajo para encontrarme con ella cuanto antes, con la misma sensación de saltar sobre una cuerda floja sin red.
Me empecé a cruzar con gente que corría en dirección opuesta a la mía. La reconocí en el primer cruce, entre la gente corriendo, mirando a todos lados un poco aturdida. Llevaba su moreno pelo recogido en una coleta y su plumas morado. Levanté la mano y la llamé. Al verme puso cara de alivio.
Seguimos corriendo el uno hacia el otro, y nos abrazamos entre profundas respiraciones por el cansancio de la carrera. Un par de segundos después me solté, la cogí de los hombros y le dije:
—Cariño, tenemos que irnos a casa YA.
—¿Pero qué está pasando?
—Es un puto holocausto zombi.
Su cara dibujó una expresión entre miedo, sorpresa e incredulidad.
—Sí, lo sé, no me mires así, a mí me cuesta creerlo todavía, pero te juro que he visto las imágenes en directo en la televisión.
Su nerviosismo empezó a aparecer de nuevo:
—¡¿Pero cómo van a ser zombis?!, ¡Esto será un atentado!
—¡Cariño! ¡He visto gente saltar sobre otra gente y morderle la puta cara!. Joder, sé que parece una locura, pero créeme por favor.
Apretó los labios, miró al suelo, y negó con la cabeza. Supuse que para ella aceptar eso era muy difícil, siempre hacía bromas cuando me veía viendo videos o películas sobre zombis.
Decidí que era mejor agitar su instinto de supervivencia con otra excusa.
—Además, si no lo es, y es un montón de gente puesta hasta las cejas de droga zombi, no perdemos nada largándonos ya, amor. Tenemos que llegar a casa cuanto antes.
Levantó la cara con los ojos como platos y rojos.
—¿Hasta casa?, ¿Cómo?, ¡Habrán cerrado las estaciones que estén cerca!, ¿Cómo vamos a ir?, ¿Corriendo?, ¡Es imposible!, ¿Sabes lo lejos que está? —Y rompió a llorar.
—Cariño, no te pongas a llorar ahora, hay que moverse.
—¡Quita! —sacudió sus hombros para soltarse de mí.
Fui un poco duro, sí, pero recordad que a ambos estábamos con la adrenalina a tope.
Miré hacia la calle Aragón, tal vez por esa sensación de que ver algo de espacio te aclara la mente. Pensé en algún tipo de plan y solté lo primero que me vino a la cabeza en un tono más tranquilizador.
—Perdona, es el miedo. Tal vez no hayan cerrado todas las estaciones de metro de por aquí. Iremos hacia arriba, a ver si la de Verdaguer no está cerrada y, aunque nos deje en Sagrera, sólo serán 15 minutos, como cuando te recogía del trabajo andando con Norte.
Rocío levantó la cabeza de nuevo, con los ojos rojos, se secó las lágrimas que todavía seguían cayendo y asintió levemente. Pareció que estaba algo más convencida de la idea del metro que la de correr.
Seguimos entre toda la gente que huía por la calle Consell de Cent, que quedaba delante nuestro, y comenzamos a trotar en dirección al paseo de Sant Joan, que se encontraba a unas cinco calles delante de nosotros. Estábamos en muy baja forma, y no sabéis cuánto me arrepentí de todo el tiempo que quise ir al gimnasio y no fui, a pesar de haber estado pagándolo durante meses como un gilipollas.
Así que fueron pasando las calles, y nosotros bajando el ritmo. Las calles estaban casi desiertas, la gente nos miraba desde los comercios a medio cerrar, o desde ventanas con las persianas a medio bajar. Algunos entraron buscando refugio, otros bajaron a la estación de Girona, pero, por los gritos que se oían de la gente, supuse que estaba cerrada y había policía en la puerta que no los dejaban entrar.
La gente gritaba para que les abrieran las puertas de las casas o de los comercios. Vi como varias personas empujaban a un anciano que abría el portal de su casa para entrar, y cómo le pasaban por encima llenándole la cara de sangre. La gente hace lo que sea cuando está en ese estado de tensión. De hecho, pensé que lo que veía en el cruce de la siguiente calle era también fruto del cansancio y de la tensión, aunque, conforme íbamos acercándonos, se iba viendo más claro y más cerca.
Había un par de tanquetas de la policía nacional rodeando el hospital clínico para niños, junto con unos diez policías antidisturbios, acolchados con sus protecciones hasta los ojos y con un casco con una visera de cristal que cubría toda la cara. A pesar de que eso era lo que se veía a primera vista, me di cuenta de que había algo que no cuadraba, algo que estaba fuera de lugar.
Me di cuenta de qué era cuando estábamos llegando al cruce del paseo y varios policías salieron a cortarnos el paso -A nosotros y a los que venían detrás-. Llevaban un fusil G36C, y era de verdad, no como las que usábamos nosotros para nuestras guerras de pintura. «Eso no es para los disturbios que se suponía que iban a contener».
—No se puede pasar por aquí. Suban hacia la diagonal y allí os darán más instrucciones.
Un hombre de unos cincuenta años y una estelada por pañuelo gritó a mi espalda.
—¡No voy a pegar toda la vuelta para ir a mi casa!
—¡Señor, no se puede pasar por seguridad!
—¡Me importa una mierda la seguridad!, ¡Voy a pasar a mi casa porque es mi derecho! —El hombre comenzó a abrirse camino entre los que estábamos allí, mientras recriminaba al policía
—¡Señor, le he dicho que no se puede pasar y punto!
—¡¿Quién cojones se creen ustedes que son, para venir a Cataluña a decirnos lo que podemos hacer?!, ¡Nuestra policía son los Mossos!
«Esto no puede acabar bieeen...», pensé en tono jocoso mientras me apartaba del camino de los dos.
—Aquí somos los representantes de la ley, y es su obligación acatar... —Unos cuantos disparos ahogados interrumpieron la discusión.
Los policías se giraron cogiendo sus armas. La gente por instinto se agachó, y nosotros con ellos. Más disparos, y procedían de dentro del edificio. El policía haciendo gestos para que nos apartáramos gritó:
—¡Márchense de aquí ahora mismo!, ¡Rápido!, ¡Suban a la diagonal!
Ésta vez no hubo réplicas. La veintena de personas que había empezó a correr en la dirección por la que habíamos llegado, y otra vez, nosotros con ellos.
Retrocedimos con el ruido de los disparos de fondo hasta la calle más cercana que subía. Cruzamos la calle que nos separaba de Aragón y seguimos al trote. Ver las calles tan vacías me revolvía el estómago de los nervios. Parecía una película. De hecho, en uno de los cruces que daba a la avenida del paseo, al otro lado de los edificios, vi bajar otra tanqueta y un montón de policías y guardias urbanos.
También nos cruzamos con otros cinco policías, uniformados igual que los del hospital, corriendo en dirección opuesta a la nuestra. Hubo un momento que les escuché hablar, y en ese preciso momento fue la primera vez que escuché la palabra "zetas". La frase no la recuerdo exactamente, pero quiero que os quedéis con ese detalle.
Llegamos a la Diagonal después de otro par de calles, y allí no había nadie, ni guardia urbana, ni mossos. Estaba completamente desierta. Nos quedamos parados los pocos que quedábamos. Me doblé apoyándome con una mano en mi rodilla y la otra en un árbol, y empecé a toser fuertemente de todo el esfuerzo. Tosí hasta el punto de vomitar.
Parar hizo que mi cuerpo fuera consciente de mi estado. Me empecé a encontrar mal y me quemaban las piernas. Un sudor frío me recorría el cuerpo y la cara. «No me jodas... Ahora no». Rocío caminó unos metros, se puso de rodillas en el césped que separaba las dos direcciones de tráfico y empezó a llorar.
Medio cojeando, y algo mareado, me acerqué y me dejé caer de rodillas en el césped a su lado. Abrí mi mochila, cogí una botellita de agua, le dí un sorbo para enjuagarme la boca y un trago para recuperar el aliento.
—Ahora no nos podemos rendir cariño.
—No podemos hacer nada... —Seguía llorando
—Bebe un trago, descansamos unos segundos, y seguimos. Ya no hay nadie, sólo nosotros.
—¡No puedo seguir!, ¡Me duelen mucho los pies y las piernas!, ¡Y me arden los pulmones! —Tosió fuertemente durante unos segundos.
Podía ver que ella estaba al límite.
Dejadme hacer otro inciso: Yo simplemente era gordo -Que por no estar forma, no había tenido en mi vida ni pie de atleta-, pero ella llevaba casi dos meses arrastrando una especie de fascitis plantar, y tenía un problema bastante grande en un pulmón desde hacía años. No daré más datos, pero quizás eso os ponga en situación de hasta qué punto ella estaba al límite.
Cuando se calmó su tos, cedió a mi ofrecimiento y bebió un par de tragos cortos de la botella.
—Vamos amor, la parada está justo en la esquina opuesta, ya estamos —le dije mientras me levantaba.
Pareció que escuchar eso la animó un poco porque se levantó, no sin algo de esfuerzo y con mi ayuda. Fuimos caminando lo más deprisa que podíamos. Ver su cara de dolor, en cada paso que daba, hacía que me sintiera el ser más asqueroso del mundo por querer hacerla caminar, pero no teníamos alternativa.
—Vamos, ya estamos en la esquina casi. Luego es una calle y ya estamos en el metro.
Cojeando, llegamos a la esquina. Desde allí se podía ver al otro lado de la calle la señal de la parada, y eso fue como un bálsamo para el dolor y también nos dió algo de energía.
—¡Mira!, ¡Allí está! —dije con algo de esperanza en la voz.
Comenzamos a caminar algo más deprisa en dirección a aquel cartel, que lo veíamos más como la puerta del cielo que como una parada de metro. Cuando llegamos al cruce, sentía que había algo que me estaba poniendo nervioso, pero no sabía el qué.
Cruzamos al parque por el hueco que tenían los setos a la altura del semáforo y que hacían de vallas naturales. Cogí a Rocío por debajo del brazo para ayudarla a caminar, pero justo al comenzar a bajar las escaleras, vimos cómo un trabajador del metro estaba cerrando una de las puertas de cristal.
—¡Espere! —grité yo solo, porque a Rocío apenas le quedaban fuerzas.
—Lo siento, el metro está cerrado.
—Por favor, no nos deje aquí, ella no puede caminar.
—Lo siento, de verdad, son órdenes.
—Por el amor de dios, déjenos entrar, sólo queremos salir del centro.
—Ya, y de verdad que lo siento.
De pronto, una nueva oleada de disparos se escuchó detrás nuestra.
Nos giramos asustados, y entonces los vimos. La primera vez que vimos con nuestros propios ojos a los zetas. Por el paseo, a la altura del monumento a Verdaguer venían cuatro policías corriendo, y detrás un montón de gente ensangrentada. También vi a otro par de policías en el grupo, con el chaleco lleno de sangre y el cristal del casco roto. Eso era lo que antes me estaba poniendo nervioso, los ruidos que hacen los zetas cuando corren, estaban lejos y no me había fijado, pero ahora los escuchaba perfectamente.
Estupefactos vimos cómo los dos policías que iban detrás se giraron para disparar a la multitud, pero, a pesar de los impactos, los cabrones seguían corriendo y se echaron encima de ellos. Los gritos desgarradores de dolor llegaron hasta nuestros oídos y me devolvieron a la realidad. Me giré de nuevo y le grité al trabajador:
—¡Joder!, ¡Vienen para acá!, ¡Por favor, déjenos pasar o nos matarán!
El trabajador que tenía cara de susto por los disparos, puso cara de frustración unos segundos y cedió.
Nos hizo señas para que nos acercáramos.
—¡Rápido, bajad!
Ayudé a mi novia a bajar todo lo rápido que pude.
—¡Cierre la puerta!
Solté a Rocío y fui corriendo a ayudar al hombre a girar la puerta de hierro que cerraba el acceso. Mientras la cerraba con llave, con la mano temblando, se escucharon un par de disparos más, seguidos de un par de gritos aterradores que me pusieron el estómago del revés y los pelos de punta... Después se hizo la calma.
La verdad es que me gustaría contaros, a modo de peli, que en ese momento nos quedamos allí expectantes, que apareció un zeta, que bajó corriendo y con él un montón más, que se amontonaron en la valla con los brazos estirados intentando cogernos, y que nos fuimos andando de espaldas a ellos con el dedo corazón estirado dedicándoles nuestra despedida... Pero la verdad es que tenía tanto miedo que no tuve cojones a quedarme para esperar a verlo.
Le dí las gracias y un abrazo al trabajador por habernos salvado y le pregunté su nombre. Me dijo que se llamaba Lluís, y, bajo la promesa de ponerle ese nombre a nuestro primer hijo, volví a sujetar a Rocío para ayudarla a caminar. Nos dirigíamos hacia el andén cuando de fondo escuché vomitar a Lluís, supongo que todos somos humanos y nos pasa la misma factura. Bueno, todos no, sólo a los que nos latía el corazón en ese momento.
Llegamos al andén, quedaba algo más de un minuto para que llegara, por lo visto, el último metro que salía de allí. Había unas seis o siete personas, y se notaba que estaban nerviosas. Ayudé a Rocío a sentarse en un banco, me senté a su lado, le puse la mano en la rodilla y empecé a intentar digerir todo lo que habíamos vivido.
—¿Lluís? —Mi novia me sacó de mis pensamientos.
—¿Qué?
—No le voy a poner a nuestro hijo Lluís, no me gusta ese nombre.
Sonreí levemente
—Tranquila, tenía los dedos cruzados cuando se lo dije. A mí tampoco es que me guste especialmente —Y le guiñé un ojo.
Creo que fue la primera vez, desde que nos encontramos en la calle, que ella sonrió. No me malinterpret&eaeacute;is, si se hubiera llamado Albert o Marçal, o cualquiera de tantos que molan, lo habría hecho, pero ese nombre no me gusta ni en castellano. Lo que sí es seguro es que jamás lo olvidamos. Pero sigamos.
Llegó el metro por fin al andén. Nos sorprendió que iba prácticamente vacío. Volví a ayudarla a levantarse y entramos. Encontramos dos sitios y nos sentamos. El metro cerró las puertas y se puso en marcha. Rocío suspiraba de dolor y yo estaba también bastante agotado. Ahora que había bajado el nivel de adrenalina otra vez, volvía el dolor y sentía, además, la boca pastosa. Abrí mi mochila, cogí una botella de agua, le eché un sobre de azúcar de los que cogí en la oficina y lo agité con una de las varillas de madera. Luego se la di para que bebiera.
—Esto te ayudará a recuperarte un poco, amor.
—Gracias...
Cuando estoy nervioso, los silencios me ponen aún más, aunque debo decir que estando en el metro volví a notar una leve sensación de seguridad y tranquilidad. Aún así, después de un par de minutos en silencio, dije lo primero que me vino a la mente:
—Increíble, ¿Eh?
—No quiero pensar en eso ahora mismo.
—Vale, ¿Cómo te encuentras? ¿Se te han calmado un poco los pies o las piernas?
—Bueno, un poco.
Viendo que no estaba muy habladora, supuse que ella también estaba digiriéndo todo lo ocurrido. Decidí tragarme mis nervios y pegar la vista al suelo.
De pronto el tren redujo la velocidad y me sobresalté, «¡Mierda!, ¿Más problemas?». Se me olvidó por completo algo básico... El metro para en las estaciones, no es un taxi. Aunque se saltó una parada, seguramente fue porque, por seguridad, se habrían cerrado las que estuvieran en las proximidades. Me volví a relajar y le di otro sorbo a la botella de agua.
Subieron un par de personas también claramente nerviosas. Muy poca gente en el metro y demasiado silencio. No sé si era bueno o malo. Sería bueno si hubieran puesto en marcha la operación Jaula, pero malo si el cierre de las estaciones fuera porque se les había ido de las manos. Sea como fuere, esperaba que parase en Sagrera, y si no podíamos hacer transbordo hasta Fabra i Puig porque se habían cancelado los servicios, por lo menos podríamos seguir andando.
—¿Le has mandado un mensaje a tu madre? —le dije.
—Sí, le he dicho que estoy contigo y que estamos yendo para casa. Que la llamaría en cuanto pudiera.
—Qué curioso, es lo mismo que dije yo.
Será que todos tenemos esa frase metida en el subconsciente para las situaciones complicadas. O eso, o es que vemos mucho la tele. Seguí mirando al infinito mientras el metro se iba acercando a la estación, sin saber qué mas decir para intentar desconectar un poco de lo que estaba pasando.
Por fin llegamos a la estación de Sagrera. Me levanté y la ayudé a ponerse de pie, aunque me dijo que ya se encontraba mejor. Esperaba que el tráfico del metro siguiera por ésa parte de Barcelona, pero mis ilusiones se partieron en mil pedazos cuando, antes de abrirse las puertas del metro, se escuchó un aviso por la megafonía del vagón:
—Estimados pasajeros, por problemas técnicos nos hemos visto obligados a cancelar todas las líneas de metro. Se va a proceder al cierre de la estación. Por favor, diríjanse a la salida a superficie más cercana. Gracias.
Acto seguido comenzó a decirlo en varios idiomas.
Mientras sonaba el audio, pensé en voz alta:
—Joder, qué putada. Nos toca ir andando —Miré a Rocío—. ¿Podrás aguantar?
—Sí... Si vamos despacito.
—Suave, suavesito.
Puso los ojos en blanco y cabeceó hacia un lado, pero volvió a sonreír.
Se abrieron las puertas del metro, y salimos. Rocío cojeaba un poquito, pero por lo general se podría decir que ya no caminaba como un zombi de peli antigua. A mí me sentó bien ese respiro, aunque ahora que estábamos más tranquilos me moría por un cigarro. En el andén había un par de trabajadores del metro que nos daban las indicaciones para ir a la escalera por la que teníamos que subir. Saqué mi tabaco como quien abre un regalo de navidad y empecé a liar mientras subía. En mi vida había liado un cigarro tan rápido.
De pronto el corazón se me encogió en el pecho. La gente que iba subiendo delante nuestra se quedó parada y mirando hacia el andén con cara de extrañeza, al igual que los que venían detrás nuestra y los trabajadores que se habían quedado revisando el metro. Rocío me miró con los ojos abiertos como platos y el pánico escrito en la cara. Me dí cuenta que yo también debía tener esa cara, porque noté todos los músculos de mi cara tensos y estaba aguantando la respiración... Era el mismo ruido que oímos en el parque. Era como el murmullo de la gente en un bar.
Aquel murmullo provenía del túnel. «Esos son los problemas técnicos», pensé. Disimuladamente empecé a empujar a Rocío escaleras arriba mientras intentaba poner también cara de extrañado. Ella empezó a emitir un llanto ahogado mientras subía. Yo no era así, y mi plan era muy hijo de puta, lo sé, pero el instinto de supervivencia no se puede controlar. Quería adelantar a todo el que pudiera, porque los que quedaran detrás serían la carnaza que retrasaría a los zetas... y funcionó, así llegamos los primeros al rellano donde terminaban las escaleras.
—Señor, ¿Qué hace ahí?, no puede caminar por las vías, está prohib... Oh dios, ¿Se encuentra bien?
Eso fue lo que escuché unos segundos antes de que una especie de rugido, seguido del grito de pánico de alguien de la escalera, me hiciera girar la cabeza. Alguien estaba encima del trabajador, mordiéndole la cara, o el cuello, no lo vi bien. Más zetas aparecieron por el túnel corriendo. Algunos subieron y saltaron sobre los otros trabajadores. Otros miraron hacia la escalera donde estábamos, y empezaron a gritar y a correr hacia nosotros.
—¡Corre hacia los jardines de Elche! —le grité a Rocío.
Ahí empezó la locura.
La masa de zetas llegó enseguida a las escaleras, abalanzándose sobre los que estaban más abajo. Los gritos de dolor y terror eran escalofriantes. Me coloqué detrás de Rocío para protegerla de los empujones de la gente que venía corriendo. Seguía escuchando gritos de auxilio, chillidos de los zetas y golpes de la gente al tropezarse y caerse. Era una locura. Seguimos corriendo por el pasillo que daba al hall de los tornos de salida.
Me llevé un par de golpes, y uno me dió un empujón para tirarme al suelo mientras pasaba a mi lado. Ese cabrón quería que les sirviera de comida. Resbalé un poco, choqué contra la pared y no caí al suelo de milagro, pero me recuperé y seguí corriendo. Escuchaba más cerca los gritos y giré la cabeza para ver por dónde iban.
Estarían como a unos veinte metros o así. Casi me cagué encima de la impresión. Vi el ancho del pasillo lleno de esos hijos de puta, corriendo. Algunos chocaban entre sí, caían y los demás les pasaban por encima. También vi como iban engullendo a las personas a las que alcanzaban. Era como una avalancha de mercurio que engullía los árboles y rocas que encuentra a su paso.
Llegamos a las puertas del hall. La gente se apilaba en los tornos de salida gritando y dándose empujones. Unos cuantos chavales los saltaron por encima, entre ellos el cabronazo que me empujó. La gente intentó imitarlos, pero tiraban unos de otros intentando saltar primero. Por suerte para nosotros, el pánico dirigía sus movimientos: Se amontonaban en los tornos más cercanos y los del final estaban vacíos. Cogí a Rocío del brazo, y sin parar le dije:
—No podemos pasar todos a la vez, sígueme, vamos al último.
Mientras, giré mi mochila de una correa y saqué las servilletas junto con el cuchillo. Me envolví como pude la mano con las servilletas y así el cuchillo con fuerza. Unos cuantos más consiguieron saltar también por encima de los tornos.
Llegamos al final y con toda mi rabia golpeé, con el mango del cuchillo, el cristal de una de las lamas que bloqueaba la salida del último torno. Emitió un sonido como el hielo cuando se resquebraja. Eso hizo bastante, pero no se rompió. Volví a golpear, más abajo, y volvió a resquebrajarse, pero seguía sin romperse. Conteniendo las ganas de darle una patada, que no hubiera hecho nada, volví a golpear ésta vez en medio.
Por fin se rompió gran parte de una lama. Nos dimos prisa en pasar de lado y con cuidado, porque la gente al escuchar el estallido de los cristales empezó a mirarnos y a moverse hacia nosotros. Justo cuando estaban llegando a nuestro torno les alcanzaron los zetas, saltando sobre todo el que encontraban en su camino. Por suerte para nosotros, salimos antes de que nos alcanzaran tanto unos como otros, mientras veíamos cómo se amontonaban entre los cristales.
Seguimos corriendo hacia las escaleras. Por un segundo, se me pasó por la cabeza la idea de cerrar las puertas de hierro para contenerlos, pero seguramente no me hubiera dado tiempo. Me giré para ver la situación. A ver, ahora lo pienso bien y no sé yo si fue buena idea lo de romper el cristal del torno. Lo bueno de haberlo roto es que pudimos salvarnos por los pelos. Lo malo... es que ahora faltaba un cristal para pararlos.
Aunque durante unos segundos tuvimos suerte y se formó un tapón de bichos en esa puerta, los empujones entre ellos por ser el primero en comer, tiró a uno por el hueco del cristal del torno... Y nos vio.
Se levantó ansioso y vino corriendo hacia las escaleras mientras las subíamos.
—¡AH! —El sonido de un golpe y el grito de Rocío me alertaron.
Mi cara se tornó en pánico cuando me giré y vi que se había resbalado y estaba bocabajo en las escaleras. Se me paró el corazón cuando vi que el zombi llegó hasta ella. Me pareció que el tiempo iba a cámara lenta. Vi cómo la agarraba de la pierna. Vi cómo ella se giraba y luchaba con las piernas mientras gritaba y lloraba, pero el bicho dejaba caer el peso de su cuerpo e iba ganando terreno a su cara.
Reaccioné. Bajé los cuatro escalones que nos separaban. El zombi me miró enseñándome los dientes ensangrentados, y, con todas mis ganas, le clavé a ese hijo de puta el cuchillo en medio de la cabeza, como si fuera un melón. El cráneo crujió, su cuerpo dio un espasmo y me salpicó sangre a la cara.
Sin soltar el cuchillo, le di una patada en el hombro para alejarlo y, mientras el cuerpo inerte caía escaleras abajo, resbalé y caí de espaldas sobre los escalones. Por suerte la mochila amortiguó un poco el golpe. Aún así, sentí cómo el aire se escapó de golpe de mis pulmones, dejándome aturdido unos segundos.
Notaba que me faltaba algo de vista periférica y tenía la sangre corriendo por mis sienes a todo trapo, por el cansancio o por el golpe, no estaba seguro. Me quedé tumbado al lado de Rocío que me miraba todavía con los ojos rojos. Tras unos segundos, con dificultad y algo de prisa, me puse de pie y le cogí del brazo a Rocío.
—Esto no ha terminado todavía. Vamos cariño, tenemos que irnos de aquí.
Se levantó y seguimos subiendo.